Estoy firmando mi sentencia de muerte. Aquel maligno del que tanto me advertían en misa se ha aparecido frente a mí. Su corte me ha juzgado. Los rostros espeluznantes de aquellos entes eran cadenas que tendría que arrastrar por el resto de mis días. A partir de hoy, el infierno me espera con las puertas bien abiertas. Predicar la palabra del desterrado me pareció un precio justo. Tan fácil como atar una cuerda alrededor de mi cuello o llenarme el sistema de pastillas. No puedo pedir perdón. No me sirve de nada.
Mi sistema lo ha digerido. Ese olor repugnante invade mis fosas nasales y se instala en el centro de mi cerebro con cada bocanada de aire que tomo al hablar. Las lágrimas se evaporaban y erosionaron un rastro en el rostro que alguna vez fue familiar, pero que ahora yacía irreconocible, como alcohol irritando mis ojos inundados de hipocresía. Ese último grito desgarrador se repite en bucle en la madrugada al mismo tiempo que los gallos cantan y su eco se cuela en ese pitido en el oído cuando el silencio invade una habitación. Ya me había acostumbrado.
A veces cuando sueño, veo a una niña egoísta jugando con sus muñecas, recitando versos, desvelándose repitiendo la escala de Do al son del piano en la sala, siempre con mucho cuidado de no despertar a su mamá y que le pegara de nuevo en las manos. Esos recuerdos me enternecen ya sabiendo lo cortos que fueron.