El pacto

Estoy firmando mi sentencia de muerte. Aquel maligno del que tanto me advertían en misa se ha aparecido frente a mí. Su corte me ha juzgado. Los rostros espeluznantes de aquellos entes eran cadenas que tendría que arrastrar por el resto de mis días. A partir de hoy, el infierno me espera con las puertas bien abiertas. Predicar la palabra del desterrado me pareció un precio justo. Tan fácil como atar una cuerda alrededor de mi cuello o llenarme el sistema de pastillas. No puedo pedir perdón. No me sirve de nada.

Mi sistema lo ha digerido. Ese olor repugnante invade mis fosas nasales y se instala en el centro de mi cerebro con cada bocanada de aire que tomo al hablar. Las lágrimas se evaporaban y erosionaron un rastro en el rostro que alguna vez fue familiar, pero que ahora yacía irreconocible, como alcohol irritando mis ojos inundados de hipocresía. Ese último grito desgarrador se repite en bucle en la madrugada al mismo tiempo que los gallos cantan y su eco se cuela en ese pitido en el oído cuando el silencio invade una habitación. Ya me había acostumbrado.

A veces cuando sueño, veo a una niña egoísta jugando con sus muñecas, recitando versos, desvelándose repitiendo la escala de Do al son del piano en la sala, siempre con mucho cuidado de no despertar a su mamá y que le pegara de nuevo en las manos. Esos recuerdos me enternecen ya sabiendo lo cortos que fueron.

Cuán cortos fueron esos recuerdos con mi gran amiga. Sus palmas suaves y esos ojos que miraban más allá de tu alma. Esa voz de ángel con una frecuencia que sanaba tus penas al escucharla. Nunca supe si ella sabía de mi gran admiración, y mucho menos si notó como poco a poco esa admiración se convertía en envidia. No sé cómo no se daba cuenta de mi mirada llena de rabia cada que bajaba de un escenario y me agarraba de las manos mientras intentaba hablarme al oído entre un mar de ovaciones. A veces deseaba chuparle las energías por el cuello como un mosquito. Verla disfrutando de la vida que todo el mundo desea mientras que yo me hundía en el olvido, cuando el espejo me decía que era una buena para nada, que nadie me recordaría cuando muriese, que tenía razón y yo me aferraba a que no.

Y con el paso de los años, mi fe fue desapareciendo. No me cabía en la cabeza como un dios tan bondadoso para colmarme de lujos y bendiciones, podía ser tan cruel como para negarme la única cosa que le he pedido toda la vida.

Dentro de aquellos antros oscuros llenos de vicios encontré la solución. El miedo era fuerte. La tensión se rebanaba con un dedo mientras recitaba una sarta de blasfemias merecedoras de una buena cachetada de parte de mi papá, sentada alrededor de las velas de colores oscuros y otros afiches siniestros por los que me tuve que refundir en esos andadores de mala muerte con esa gente de lo más bajo de las clases. En ese círculo siniestro se materializaba frente mío el responsable de mi eterno sufrimiento.

Abrí la piel y me hice paso hacia la yugular como niño con su regalo de Navidad. Destacé su cuello cual res y saboree el jugo de su sangre aún tibio, colmado de vitalidad. Mastiqué con frenesí sin remordimiento el interior hasta el fondo. Fue la luz que atravesó desde su boca abierta hasta sus interiores que me advirtió que era suficiente.

Y al día siguiente todo fue un resplandor.

En las calles se hacía el terror cuándo se supo la noticia de que la adorada artista había sido brutalmente asesinada en un acto enfermo. Los periódicos se hacían la pregunta: ¿Quién había sido la mente retorcida que orquestó aquel crimen?

Poco a poco todos hablaban de mí. De cómo ahora una nueva estrella iluminaba el firmamento. Nadie nunca se dio cuenta que ahora esa prodigiosa voz había cambiado de dueño. Tenía todo lo que siempre había querido. Con los años el incidente fue olvidado y mi deuda se fue incrementando. Empecé a creer que esa voz era con la que había nacido. Olvidé que había una condición. Hubiese sido fácil pagar un soborno, pero el dinero no vale nada cuando ya has vendido el alma. Me arrebató todo lo que me había dado, todos me olvidaron más rápido de lo que me admiraron. Mi vida entera se convirtió en un silencio eterno. Lloraría si pudiese, me arrastraría por el suelo rogando perdón si pudiese. Mi ambición me ha enmudecido, mi deseo de todo me ha dejado sin nada.

Escucho golpes por todas las puertas de la casa. No puedo correr, las piernas no me responden. Veo como la luz que se cuela por las persianas se va apagando y enfrente de mí está Él. El que viene a cobrar su deuda. Mi cuello está rodeado por una cuerda por la que me arrastrarán desde este árbol putrefacto hasta el infierno como a un perro.

No queda nada. Solo hay silencio.

Relato corregido que escribí como parte de una asignación de la prepa. Circa 2019.

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