El pacto

Estoy firmando mi sentencia de muerte. Aquel maligno del que tanto me advertían en misa se ha aparecido frente a mí. Su corte me ha juzgado. Los rostros espeluznantes de aquellos entes eran cadenas que tendría que arrastrar por el resto de mis días. A partir de hoy, el infierno me espera con las puertas bien abiertas. Predicar la palabra del desterrado me pareció un precio justo. Tan fácil como atar una cuerda alrededor de mi cuello o llenarme el sistema de pastillas. No puedo pedir perdón. No me sirve de nada.

Mi sistema lo ha digerido. Ese olor repugnante invade mis fosas nasales y se instala en el centro de mi cerebro con cada bocanada de aire que tomo al hablar. Las lágrimas se evaporaban y erosionaron un rastro en el rostro que alguna vez fue familiar, pero que ahora yacía irreconocible, como alcohol irritando mis ojos inundados de hipocresía. Ese último grito desgarrador se repite en bucle en la madrugada al mismo tiempo que los gallos cantan y su eco se cuela en ese pitido en el oído cuando el silencio invade una habitación. Ya me había acostumbrado.

A veces cuando sueño, veo a una niña egoísta jugando con sus muñecas, recitando versos, desvelándose repitiendo la escala de Do al son del piano en la sala, siempre con mucho cuidado de no despertar a su mamá y que le pegara de nuevo en las manos. Esos recuerdos me enternecen ya sabiendo lo cortos que fueron.

Nunca seré millonario y tampoco quiero

Desde hace más de un mes es que se está reparando el tramo de carretera que conecta mi localidad con la ciudad, y pareciese que el tráfico generado por las obras se hace cada vez más pesado, de la misma forma en las que mis ganas de seguir en un trabajo de salario mínimo se hacen todos los días más escasas.

No soy el tipo de persona que disfrute mucho de la ciudad. El esmog, la música a todo volumen en las bocinas de los establecimientos y el inmenso desierto de concreto que representa un horno de convección perfecto para aquellos que apenas nos alcanza para la combi de todos los días son el martirio que yo y muchas otras personas que pagamos por el capricho de vivir afuera de la ciudad pero tener que trabajar en ella. Y es que de no ser porque todas las oportunidades laborales y comercios se encuentren concentradas en un círculo cerrado de la región, no me osaría siquiera dejar mi fresco balcón rodeado de árboles que multiplican la frescura del aire limpio de las afueras. ¿En qué cabeza cabe que voy a cambiar el perfume de las gardenias del jardín de mi casa por el hedor del camión de la basura recorriendo las calles del centro?

Ese mismo pensamiento me daba vueltas en la cabeza mientras me encontraba atascada en el tráfico rumbo a Villa en una combi de Periférico.