Hace más de un mes, venía en un taxi a casa junto a una mujer y su hija. No suelo escuchar las conversaciones ajenas a menos que esté muy aburrida, pero no pude evitar prestar atención cuando la niña preguntó: "¿Por qué tengo que tener paciencia?", a lo que su mamá respondió: "Porque te va a brindar paz. A ti y a los demás".
He encontrado que el mejor método para contener el llanto es cerrar los ojos con mucha fuerza hasta que se te olvide o te orines. Afortunadamente ninguna de las dos sucedió en ese momento, pero la sensación de haber comido un limón se queda ahí por un largo rato, por semanas, meses o incluso años. Quizá es por que a mí me cuesta mucho diferenciar las razones por las que lloro. Muchas veces lo hago por coraje, porque vivo con muchos arrepentimientos, de lo que hice y lo que no hice, y me quedo despierta en las noches pensando en cómo todo sería más fácil si se me permitiese meterle un golpe a alguien sin ninguna consecuencia al menos una vez a la semana.
A veces desearía vivir en los años 50s cuando las mujeres eran lobotomizadas por tener depresión o no saber cocinar. Solo quisiera desconectar mi cerebro del resto de mi cuerpo y ser como las medusas; solo una baba que flota en el océano esperando a que me coma una tortuga o a terminar en la playa picando a un individuo desafortunado.