Una planta de chile


Fui a recoger una planta hace dos semanas en un invernadero en la ciudad. Húmedo y caluroso, la encargada era un poco sangrona, pero escogí una pequeña mata de chile piquín con unos cuantos frutos pequeños y firmes hojas verdes. Iba hablando con ella mientras caminaba por la precaria banqueta sosteniéndola firmemente. "Te voy avisando de una vez que te vas a marchitar y vas a morir. Me genera mucha pena pero te prometo que te voy a querer muchísimo". Cometí la barbaridad de escoger la planta más bonita que encontré, sabía que me iba a doler.

Subí a mi transporte en camino a mi casa sentada al lado de un muchacho que me preguntó qué tipo de chile era: "Es un chile piquín, o eso creo". Me contestó que se veía muy bonita y empecé a sentir como los demás pasajeros miraban la planta y me miraban a mi; si solo supiesen el destino de la pobre matita. Después el mismo muchacho me preguntó en dónde estudiaba y gracias a Dios una mujer que subió se sentó entre nosotros antes de que me empezará a sentir más incómoda.

Cuando llegué a mi casa subí al balcón con mi planta, saqué mi computadora y me puse a escribir unas entradas que tengo en borradores todavía. A veces me siento sola y suelo salir a tomar aire fresco.

En mi casa hay un gran árbol de carambola y una cuantas plantas enfrente; no soy muy buena con las plantas y las flores, las que tengo son de desierto así que es prácticamente imposible que se mueran. Mi abuela y mi papá sí que son buenos con las plantas; mi papá logra cualquier flor y cualquier fruta en pocas semanas y mi abuela solía tener un jardín repleto de las más bellas flores exóticas con las que hablaba todo el tiempo. Yo no heredé ese don.

Para mí esta matita representa una parte del duelo que me cuesta mucho superar, y es que hace casi cuatro años empecé a experimentar varias pérdidas de familiares y seres queridos que, hasta el día de hoy, me cuesta admitir que ya no están conmigo. Cómo me gustaría pasar un día más con todos ellos y decirles cuánto los extraño. La tengo a mi lado siempre; cuando desayuno, escribo para este blog, dibujo mi recetario, y en mi mesa de noche cuando duermo; así como me gustaría tenerlos a mi lado ahora.

Tengo la tendencia de actuar como si no me importara, por eso cuando pasé por estas pérdidas, no se lo dije a nadie. Me entristece recibir condolencias y el hecho de que los demás sepan por lo que puedo llegar a pasar me hace sentir vulnerable, además me sirve de recuerdo de aquello que ya no está y que ya nunca volveré a ver. Muchas veces prefiero tragarme mis sentimientos y continuar con mi vida aunque el dolor me carcoma, aunque me juzguen por "andar de mamona" o por "floja". Nunca se sabe qué estará pasando en la vida de alguien más.

Todavía me duele no haber pasado más tiempo con mi primo Armando; que siempre nos quiso tanto y nos cuido a mi hermana y a mí, con el que salíamos a comer butifarras en los partidos de béisbol. Como me hubiese gustado que me viera entrar a la universidad, que me preguntará cómo me va y que me dijese "Échale ganas". Me siento culpable de haber tratado mal a Frank, yo sé que no es su culpa lo que le pasó. El solo era un niño cuando murió, y me llena de rabia lo que le sucedió. Y me lleno de tristeza y desolación por no haber salvado a Tobías, mi chihuahua que tuve desde que tenía 9 años. Si solo le hubiese prestado más atención o si lo hubiese cuidado más a lo mejor todavía estaría conmigo, me recibiría del trabajo moviendo su colita, acurrucándose en mi cabello. Pero yo tenía que trabajar y ya no me quedaba tiempo para nada.

Veo a la planta marchitarse día con día sabiendo que no hay nada que pueda hacer. Y es que sí, la muerte es inevitable en el ciclo de vida de todos los seres vivos, pero si que es muy diferente cuando llega sin avisar. Me encuentro estancada en la etapa del duelo más difícil: la negación. Lo complicado no es ser consciente del hecho, es aceptar que sucedió, sin anestesias ni previos avisos. Después de unos días, sus hojas empezaron a caerse, sus brotes se hicieron grises y sus frutos se apachurraron.

Encontré un lugar en mi patio delantero junto a los grandes árboles de la banqueta donde abrí un hueco de un pie de profundidad; saqué la planta de su maceta y la enterré de raíz a punta: “Reconozco todo lo que significaste para mí y me permito sentir ésta despedida. Gracias por lo que fue. Hoy te dejo ir, para que podamos descansar tranquilos, y pueda recordarte con mucho amor en vez de dolor”.

Cuando lloro me es imposible parar, y cuando vi mis lágrimas caer sobre la tierra abultada fue aún peor. Me gustaría pensar que algún fruto sobrevivió y que de una pequeña semilla podría ser posible que volviese a florecer. Es exactamente lo que me gustaría que sucediera; despertar un día y que todo haya sido un mal sueño, de esas pesadillas que se sienten muy reales. Pero justamente porque los amo muchísimo, sé que merecen descansar en paz, y yo también.

Dicen que cuando un campo se quema, todas la malas yerbas mueren y renacen los frutos en una tierra más fértil. A lo mejor la muerte no siempre significan el final, sino un nuevo comienzo.

Hasta que nos volvamos a ver. ‪♡

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