Cómo encontrar a un buen psicólogo y no enloquecer en el proceso

Hoy, por fin después de varios meses, pude volver a ver a mi psicóloga. Al principio tenía miedo de que me fuese a regañar por haberme desaparecido por bastante tiempo, pero me alegra haber encontrado alguien tan empática como ella. Después de pasar por el consultorio de varios psicoterapeutas puedo compartir varias experiencias y algunos consejos para encontrar al especialista indicado.

Empecé a buscar ayuda profesional a partir de una crisis de ansiedad que tuve un día en la preparatoria en la cual no podía ni hablar ni moverme. Al principio fue muy difícil ya que, como todo adolescente hormonal, me rehusaba a expresar todo lo que me acongojaba y tenía retenido desde hace ya varios años atrás. En ese tiempo - hace 7 años - la conversación sobre salud mental no era tan presente en la vida diaria como lo es ahora, pero el juicio sobre la misma si lo era, mucho más cuando se trataba de la salud mental de los adolescentes y jóvenes. Porque obviamente la depresión se desbloquea cuando cumples 25 años.

La primera vez que fui a consulta fue en una clínica de fraccionamiento en la que ofrecían terapia psicoemocional. Con todo y su precariedad, fue la primera vez que me abrí a la posibilidad de una mejora, y en el estado de resignación en el que me encontraba, aprendí muchas cosas de mí misma. Fue con esta psicoterapeuta con la que fui a parar al psiquiatra para empezar tratamiento con antidepresivos y ansiolíticos.

Como dato curioso, en este tiempo prohibieron que los estudiantes de preparatoria adquirieran ansiolíticos y jarabe para la tos. No muy buen tiempo para estar en tratamiento psiquiátrico. Recuerdo la vez en la que unos chavos se drogaron con clonazepam en el plantel. A una le dio la pálida y la tuvieron que ir a buscar sus papás a la escuela. Admiro su valor para regresar al día siguiente. Por cosas más pequeñas a mi me hubiesen hecho bullying por lo que restaba del año.

Durante la pandemia se me hizo más difícil seguir yendo a terapias y al hospital por mis medicamento, aparte de que, debido a la crisis sanitaria, los medicamentos escaseaban y el sistema estaba saturado por lo que tenía citas cada dos o tres meses.

Mi primera mala experiencia con los medicamentos fue cuando el psiquiatra me sustituyó la quetiapina de 25 mg por la risperidona de 2 mg. En un paciente con antecedentes de consumo de sustancias, conducta esquizoide y de aproximadamente 70 a 80 kilos funciona de maravillas, pero en una adolescente con depresión crónica y de 48 kilos (ya desayunada) provocó desbalance hormonal, ausencia de periodo por 6 meses, horarios de sueño de más de 12 horas al día, y por supuesto, subí 10 kilos.

Ya que las citas eran tan distantes, corté el medicamento por completo cuando me di cuenta de que me estaba causando problemas. Tardé varios meses en recuperar mi balance, recuperar mi periodo y volver a levantarme a las 6 de la mañana, aunque ya nunca volví a pesar 46 kilos.

Después de este episodio, dejé los medicamentos por un tiempo ya que la psicóloga con la que continué después de los primeros años de pandemia me insistió en probar con la terapia conductual y de ocupación, que para no hacer el cuento largo voy adelantando que no sirvió de nada. Al parecer mi cerebro tomo el multi-tasking muy en serio y lograba hundirme en las penas más profundas mientras estudiaba, hacia tarea, ejercicio o cocinaba, a veces incluso cuando dormía. Luego de unos frustrantes 6 meses en los que se intentaron varios métodos, empecé a sentir que ir a terapia me provocaba más estrés y ansiedad que el no ir, por lo que después de que la terapeuta intentó meterme en un retiro espiritual, dejé la terapia por un tiempo.

A partir de unos meses de mi dramática ruptura con la salud mental, empecé a ir con otra psicóloga que me quedaba en la misma colonia. Siempre había encontrado servicios de precio muy accesible, me encontraba estudiando y pagar sesiones de 800 pesos era impensable, pero con el paso del tiempo me comencé a fatigar de la rutina de comenzar de nuevo, el mismo cuento de siempre y las mismas respuestas de siempre. Había cumplido 20 años y la plática se había quedado en mi adolescencia, tenía conflictos nuevos; más adultos, más difíciles y más incómodos. Extrañé los medicamentos, así que fui canalizada a un psicólogo clínico que me volvió a recetar antidepresivos pero en menor cantidad, solo lo necesario para quedarme tranquila.

La primera sesión fue más de lo mismo, con la excepción de que el psicólogo empezó pidiéndome permiso para hacer una oración, a lo que me negué. Fue entonces cuando caí en cuenta de que en todas la sesiones que pasé llorando, contando una y otra vez la misma historia, nunca se me había tomado en serio, incluso la primera vez que fui con un psiquiatra a repetirle la letanía de mi vida, tardó un par de horas en dejar de hablarme como a un niño de 7 años.

Empecé una nueva etapa en el ciclo de la vida del ser humano, la que está entre crecer y morir: trabajar. Y si bien era solo cuestión de tiempo para darme cuenta de lo evidente, el golpe de realidad que me abatió con fuerte violencia al encontrarme con las peores personas con las que pude coincidir en la vida y el ecosistema que subsiste de drenarte el alma hasta la última gota me indujo una epifanía. Si iba a gastar dinero en llegar a un consultorio dos veces al mes al menos procuraría que fuese con alguien que supiese decir algo más que "pero, ¿por qué piensas así si eres muy bonita e inteligente?".

Busqué en internet y después de varias llamadas con asistentes no tan agradables, me encontré con mi psicóloga actual, una persona de lo más encantadora, con tortugas mascotas, de ese tipo de personas que te hacen pensar: "De seguro tiene una tortuga de mascota", y por fin, después de 6 años de tratamientos fallidos y no tan fallidos, encontré a un especialista con la capacidad de ayudarme a superar mis conflictos personales y logró algo que ninguno antes había hecho: simpatizar conmigo.

He aprendido durante este proceso de sanación algunas claves:

  1. Las primeras sesiones (como todas las primeras citas) serán incómodas y puede que el protocolo llegue a irritar, por eso hay que encontrar al especialista indicado.
  2. Si quieres sentirte contento y distendido, ve al psicólogo. Si quieres dormir exactamente a las 21:15, ve al psiquiatra.
  3. Los psicólogos son como los zapatos, a veces tienes que invertirles un poquito más para que no te empiecen a molestar a los dos meses.

Espero que si alguien que lee esto se encuentre en una situación similar pueda encontrar simpatía en mis palabras, o que al menos le sirva para pasar el tiempo.

Bye <3

Mi psicóloga ( ^ w^)




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