Me cortaron mal el pelo

Hace más de un mes, venía en un taxi a casa junto a una mujer y su hija. No suelo escuchar las conversaciones ajenas a menos que esté muy aburrida, pero no pude evitar prestar atención cuando la niña preguntó: "¿Por qué tengo que tener paciencia?", a lo que su mamá respondió: "Porque te va a brindar paz. A ti y a los demás".

He encontrado que el mejor método para contener el llanto es cerrar los ojos con mucha fuerza hasta que se te olvide o te orines. Afortunadamente ninguna de las dos sucedió en ese momento, pero la sensación de haber comido un limón se queda ahí por un largo rato, por semanas, meses o incluso años. Quizá es por que a mí me cuesta mucho diferenciar las razones por las que lloro. Muchas veces lo hago por coraje, porque vivo con muchos arrepentimientos, de lo que hice y lo que no hice, y me quedo despierta en las noches pensando en cómo todo sería más fácil si se me permitiese meterle un golpe a alguien sin ninguna consecuencia al menos una vez a la semana.

A veces desearía vivir en los años 50s cuando las mujeres eran lobotomizadas por tener depresión o no saber cocinar. Solo quisiera desconectar mi cerebro del resto de mi cuerpo y ser como las medusas; solo una baba que flota en el océano esperando a que me coma una tortuga o a terminar en la playa picando a un individuo desafortunado.

Hablando del pasado, muchas veces me pregunto cómo habrá sido mi vida si hubiese nacido antes. Y no lo digo en el sentido de 'la vida era mejor antes', sino en el sentido de que me da curiosidad pensar en qué tipo de persona hubiese sido. A veces me imagino como la esposa dosmilera adicta a los analgésicos de un ingeniero de PEMEX que no tiene nada mejor que hacer aparte de desayunar todos los días en Sanborns con sus comadres y maltratar a los trabajadores de servicio. (Descripción muy específica en modo de sátira)

El punto es que muchas veces al día pienso en lo sencillo que sería dejar de ser consciente por al menos unos cuantos minutos, cómo cuando me anestesiaron por primera vez y tuve los 40 minutos de sueño más satisfactorios que he tenido en toda la vida.

Ni siquiera yo sé el porqué cargo tantas penas a mi corta edad. He de admitir que me aterra pensar en que quizá algo traumatizante haya ocurrido cuando era muy chica que no recuerdo y se haya quedado en mi subconsciente desde entonces. Entonces me surge la pregunta: Si las penas que nos persiguen surgen de sucesos traumáticos y experiencias dolorosas, ¿en dónde  se guardan si es que no las recuerdas?; ¿es normal mantener rencores y dolores aún después de haber olvidado? y más importante; ¿perdonar es olvidar?

Siempre se me ha dicho que el perdón es una forma de sanar el alma, y estoy de acuerdo en que librarse de rencores ayuda a vivir una vida más plena, pero entonces, ¿por qué nadie pide perdón? Es muy fácil pedirle a un ser divino que aquellos que hemos dañado nos perdonen sin pasar por el incómodo ritual de mirarse a la cara y admitir nuestros errores. Así, cada domingo se deshacen de cualquier responsabilidad y vuelven a sus casas tranquilos mientras la correspondencia del Señor hace llegar el memorándum. Y yo que pensaba que mandar corresponsales para asuntos personales era una falta de cordialidad.

He estado trabajando en mi habilidad para pedir disculpas, porque sí, es una habilidad que se aprende y perfecciona con la práctica. Incluso si creo tener la razón, me disculpo; si pienso que no fue para tanto, me disculpo; o si no fue mi intención, también me disculpo. Así pasen días o hasta años, aún pienso en las disculpas que tengo pendientes, pero no siento que nadie más piense así, especialmente cuando se trata de mí pareciera que soy un banco al que se le pueden deber perdónes, con la diferencia de que no puedo mandar a nadie a buró.

Es mucho peor cuando a uno lo han llenado de vacías promesas de cambio. Como cuando los políticos, después de un sexenio plagado de miseria te dicen que ahora si, que este es el bueno, que por fin el país va a prosperar; de esa misma forma, he aprendido a desconfiar mucho de los demás. Como el cuento del pastorcito mentiroso, quien después de haber engañado al pueblo tantas veces, cuando los lobos llegan a comerse el rebaño, ya no queda nadie que le crea.

Aún así, no pretendo que todas y cada una de las personas que alguna vez me han hecho sentir dolor hagan una fila enfrente de mi casa para arrodillarse a pedirme disculpas, porque he aprendido que la superación no puede depender del arrepentimiento ajeno, porque simplemente hay personas que nunca van a admitir que en algún momento tuvieron la culpa. Ya sé que mencioné que no es de mi agrado el pensamiento de que el perdón es algo que se debe de víctimas a victimarios, pero lo cierto es que superar no significa olvidar, y aunque nadie tiene la culpa del daño que un tercero infrinja en su vida sí que es nuestra responsabilidad sanar esas heridas para que no continúen haciendo más faño ni a nosotros mismos ni a los demás. Así como cuando de chiquito te contagias de sarampión y tu sistema inmune genere anticuerpos para no volverte a enfermar; de esas misma forma el cerebro construye defensas para defendernos del daño y proteger nuestra tranquilidad.

Muchas veces voy desear olvidar todo lo que he vivido o volver en el tiempo con todo lo que sé ahora fantaseando con hacer justicia en un evento sacado de la ciencia ficción, pero lo cierto es que he forjado una fortaleza que ya no permito que cualquiera vulnere, y al mismo tiempo, he conservado sólo la suficiente sensibilidad para entender que no vivo en una guerra en contra del mundo, y que me permite reconocer cuando alguien está cambiando de verdad.

Hace unas semanas fui a cortarme el cabello al Mercado de la Sierra y me hicieron el peor corte que me han hecho en la vida (incluso peor que el moicano que me hice en el 2020 cuando estaba de moda). Le había dicho a la señora que solo me cortara dos dedos de las puntas y en un abrir y cerrar de ojos pasé de tener una trenza que me llegaba hasta la cintura a un corte chueco que apenas que cubría los hombros. En otra época de mi vida no me hubiese molestado, porque a final de cuentas el cabello vuelve a crecer, pero hoy en día le he estado invirtiendo mucho cuidado a mi cabello para mantenerlo largo y nutrido. Aunque mi cabello crece rápido, no puedo evitar sentirme impaciente por que vuelva a crecer.

Según las creencias de la tribu Nlaka’pamux del norte de Estados Unidos, el cabello es sagrado ya que simboliza la conexión con la tierra y los orígenes del ser, y solo es cortado cuando se experimenta una pérdida de un ser querido; o como una manera de desintoxicar el alma de todo el dolor que hemos experimentado, como una forma de marcar un nuevo comienzo en nuestras vidas. Pensándolo así, tal vez esa señora me hizo un favor.

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