Nunca seré millonario y tampoco quiero

Desde hace más de un mes es que se está reparando el tramo de carretera que conecta mi localidad con la ciudad, y pareciese que el tráfico generado por las obras se hace cada vez más pesado, de la misma forma en las que mis ganas de seguir en un trabajo de salario mínimo se hacen todos los días más escasas.

No soy el tipo de persona que disfrute mucho de la ciudad. El esmog, la música a todo volumen en las bocinas de los establecimientos y el inmenso desierto de concreto que representa un horno de convección perfecto para aquellos que apenas nos alcanza para la combi de todos los días son el martirio que yo y muchas otras personas que pagamos por el capricho de vivir afuera de la ciudad pero tener que trabajar en ella. Y es que de no ser porque todas las oportunidades laborales y comercios se encuentren concentradas en un círculo cerrado de la región, no me osaría siquiera dejar mi fresco balcón rodeado de árboles que multiplican la frescura del aire limpio de las afueras. ¿En qué cabeza cabe que voy a cambiar el perfume de las gardenias del jardín de mi casa por el hedor del camión de la basura recorriendo las calles del centro?

Ese mismo pensamiento me daba vueltas en la cabeza mientras me encontraba atascada en el tráfico rumbo a Villa en una combi de Periférico.

Mientras me escondía en el piso de arriba de la bodega de mi (ex)trabajo, vi el azulejo con una impresión de la Virgen de Guadalupe y me puse a pensar que hasta Dios descansó el sábado. Me hizo reflexionar que, nosotros los mortales, tenemos todo al revés, porque trabajamos cuando hay que descansar y descansamos cuando hay que trabajar; Dormimos cuando hay que estar despiertos y estamos despiertos cuando es hora de dormir. Y por eso es que nos vamos a quedar por los siglos de los siglos como simples seres mortales, que cada día se alejan más de lo etéreo gracias a nuestra avaricia.

Entonces pensé que la vida es muy pequeña para pasársela encerrado en las mismas cuatro paredes de una cocina todo el día. Es gracioso cómo se piensa que la genialidad y el éxito viene del mérito propio. ¿Qué nos asegura que el chavo que despacha fruta en la central de abastos, que tuvo que empezar a trabajar para ayudar a su familia, no pudo haber encontrado la cura del VIH/SIDA?, ¿o que la niña que obligaron a casarse y a parir hijos apenas llegó a la pubertad no pudo haber diseñado la nave que llevaría a la humanidad a Marte?. Quizá por eso me suelo sentir tan chiquita a donde sea que vaya. Tal vez por eso lloro cada vez que corto cebolla en un lugar que no sea mi casa. es como si mi cuerpo y mi mente supieran que no estoy donde debería de estar.

Que simple ha de ser la vida cuando naces con un fideicomiso prometido desde que tus padres se conocieron, con un fondo de inversión a tu nombre, y un apellido que te abrirá todas las puertas del mundo y te asegurará que pertenezcas a donde sea que se te plazca. Siempre me ha dado tanta risa cuando algún hijo de una celebridad o empresario millonario se refiere a sí mismo como “self-made millionaire”. ¿Qué tan difícil es generar riqueza cuándo la vida te ha ofrecido todas las oportunidades serviditas y calientitas en la boca?, ¿Kylie Jenner hubiese podido fundar su marca de maquillaje de alta gama sí en lugar de haber nacido en Los Ángeles en una familia rica y reconocida a nivel nacional hubiese nacido en una ranchería de Comalcalco?, ¿Elon Musk hubiese podido convertirse en el primer trillonario de la historia si su papá no hubiese sido dueño de una mina de esmeralda en Sudáfrica que funcionaba a base de mano de obra esclavizada?

Lo más gracioso del asunto, es que nunca va a faltar el vato que se cree de clase alta por sacarse un iPhone de última generación a 24 meses sin intereses que se desvive defendiendo a empresarios que nunca en su vida han considerado a la clase trabajadora como parte de su misma especie. ¿Cómo la farsa de la meritocracia ha afectado la consciencia social?

Una vez discutí con mi novio en la fila del cine acerca de esto. El me decía que cree que cambiar el estilo de vida es posible cuando uno se empeña lo suficiente y desarrolla una disciplina que te lleve a incrementar tus ingresos, y con ello, la calidad de vida. Yo le decía que aunque la movilidad social en teoría no es imposible, en México el que nace en la pobreza muy probablemente se quede ahí el resto de su vida, y no es por que “el pobre es pobre porque quiere”, si no porque las condiciones socioeconómicas de la población que pertenece a la clase trabajadora es casi que idéntica a la miseria. Con condiciones de trabajo deplorables y jornadas esclavizantes por un salario insultante, falta de acceso a la educación y recursos para la formación académica, y un sistema de salud ineficiente, la mayoría de los mexicanos ven el mejorar su situación económica como un sueño guajiro más que como una posibilidad, por lo que muchos deciden emigrar de sus lugares de origen o sucumbir a las incesantes presiones laborales que día a día deterioran la salud de todos nosotros, mientras los diputados se suben el sueldo por sus arduas jornadas de 6 horas al día durmiendo en el congreso y con vacaciones de 6 meses al año. Porque es muy fácil hacer dos millones con un millón, pero hacer un millón con 9,592.47 pesos mexicanos al mes…está cañón. Y todo lo anterior sin tener en cuenta otros factores que también afectan a la calidad de vida, como el género, la etnia o incluso a cuántas horas de tu casa te queda tu lugar de trabajo.

Aparte, las cosas ya no son como antes (como dirían los viejitos). A mi edad, mis papás ya habían tenido a su primer hijo y unos años después, adquirieron su primera propiedad. A esta edad, no soy dueña ni de mis sábanas. Y me aterra el sentimiento aspiracional que ha invadido a mi generación en los últimos años y cómo se nos ha vendido la idea de que con mucho esfuerzo y muchas ganas y dejando de tomar pozol a diario, pronto, nos convertiremos en millonarios. Muchos se compran ese cuento y no se dan cuenta de que no hay millonarios éticos. Nadie llega a ostentar esa cantidad de dinero sin haber hecho algo chusco o sin aprovecharse de la desigualdad e injusticia en el mundo. ¿Por qué aspiramos a ser como aquellos que nos oprimen? ¿Por qué miramos a los más desafortunados con desprecio cuando lo único que nos separa de la pobreza es la suerte?

Al final de cuentas sí hay una cosa cierta: Que los trabajadores no nos estamos esforzando lo suficiente. Pero no porque no invirtamos en criptomonedas o porque no chambiemos lo suficiente, si no porque colectivamente, no nos hemos dado cuenta del poder que como colectivo reunimos. Si algo tengo por seguro, es que el enemigo no viene de Haití a quitarnos nuestros trabajos, ni es una persona trans que viene a pervertir el orden social; el enemigo no está a la derecha ni a la izquierda, está arriba.

Hoy llevo un mes sin trabajar porque me querían cambiar a una sucursal que me quedaba a hora y media en transporte de mi casa. Los mandé a la chingada. Y he aprovechado mi tiempo libre para ponerme al tanto con mis proyectos personales que había dejado pendientes desde hace meses. He cocinado mis platillos favoritos y empecé a hacer ejercicio. Sé que soy muy joven para pensar así, pero siento que ya no estoy para esos trotes de la ciudad, los lujos y las fiestas, y en este momento lo que más deseo es irme a vivir a un rancho lejos del centro, total ya en todos lados llega el internet, y ya estoy grandecita para que me den miedo las gallinas.

En 20 años me veo en un terreno a una hora de la ciudad, a la que no tendría que ir más de tres veces al mes, ya sea por despensa o para ir al cine. Tendría mi cosecha de cebollín, cilantro, romero y sábila, cuidando gallinas y codornices. Pondría mi casa con una cocina tradicional al aire libre en donde haría comida a montones para mi familia, con un comedor largo para las reuniones familiares. Una hamaquita afuera abajo de la sombra de un árbol para esos días calurosos. Quizá para ese tiempo pueda tener un gato que me ayude a ahuyentar las plagas. Me construiré un estudio con vista al exterior, solo mis lápices y pinturas, mi máquina de escribir, mi música de los 80s y yo, y un traguito coqueto, ¿cómo no? Hay mucho honor en la vida de simpleza.

En fin, sean deseos locos o no, me quedo contenta con saber que a fin de cuentas nada es imposible. Espero la revolución mientras tomo café y esperando a que me paguen mi liquidación.

Chingue a su madre la clase burguesa, las empresas multimillonarias, el capitalismo, Elon Musk, el estado de Israel, el gobierno de los Estados Unidos de América, Nestlé, Boston’s Pizza y Sensei Sushi.

Hasta la próxima.

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